El cuento de María y Rubén

Érase una vez… una clase de preescolar en el colegio Montfort de Loeches. Los pequeños no se alzaban ni dos palmos del suelo aunque ya eran muy traviesos y parlanchines. Sus pequeñas cabecitas estaban descubriendo todo el mundo que había a su alrededor: aprendían las letras y los números, jugaban a la pelota y empezaban a hacer sus primeros amigos. En la clase apenas había veinte niños y a la profesora le llamó la atención lo bien que se llevaban dos de ellos: María y Rubén. Sobre todo, se fijaba en cómo el pequeño Rubén estaba siempre detrás de María para que jugara con él; eran inseparables.

Aquellos niños fueron creciendo y sus caminos se separaron. Todavía iban al mismo centro, pero a cada uno lo ubicaron en una clase diferente: María fue a parar a la letra B, que se conocía como la clase de los guais; mientras que Rubén estudiaba en la letra A, la de los empollones. En el año 1999, María y Rubén se convirtieron en dos jovencitos en plena edad del pavo. Tenían 13 años y 2.º de la ESO acababa de empezar con novedades para María: sus buenas notas y su gran progreso habían hecho que sus profesores tomaran la decisión de cambiarla de grupo y ahora estaría en el grupo A. María y Rubén volvían a estar juntos, pero su relación era inexistente: aquellos juegos de niños habían quedado atrás, ahora cada uno tenía su grupo de amigos y, aunque estaban en la misma clase, ni siquiera se miraban. María estaba en la primera fila, siempre atenta a las explicaciones del profesor, y Rubén se sentaba atrás con sus amigos, con los que se pasaba horas y horas hablando de fútbol. Sus continuos cuchicheos y risas al final del aula le trajeron, cuatro meses después de empezar el curso, el castigo de sentarse en la primera fila, pero no en un sitio cualquiera, sino al lado de María.

Cuando Rubén se instaló en el pupitre contiguo al de ella, ambos se miraron, sabían que habían compartido momentos juntos cuando eran aún unos niños y aquella cercanía de años atrás volvió a resurgir en unos días. Se hicieron grandes amigos que, en lugar de compartir lápices de colores o plastilina, se contaban inquietudes y confidencias de adolescentes.

El curso fue avanzando y día tras día, María y Rubén  iban profundizando su amistad. Se contaban infinidad de cosas y sin quererlo la primera chispa del amor saltó. Era evidente que se gustaban, de hecho, alguno de sus compañeros se lo decía: «Hacéis muy buena parejita». A ellos les hacían mucha gracia aquellos comentarios porque realmente eran muy distintos: María era la niña mona de Rivas y Rubén era el chico de barrio de San Fernando, con mechas rubias incluidas. No obstante, su juventud e ingenuidad hacían que ninguno de los dos supiera cómo actuar: el tema «amor» era algo todavía muy desconocido para ellos.

Cuando llegó la primavera, más en concreto la tarde del 14 de abril del 2000, María y Rubén estaban bajando la cuesta del colegio como cada día para coger la ruta que los llevaría a casa. Rubén iba andando junto a unos amigos delante de María. Parecía nervioso y no paraba de susurrar a su compañero: algo pasaba. Y de vez en cuando miraba hacia atrás para observar a María, que iba andando con su amiga Elena. De repente se paró en seco. María se había detenido para contarle algo a Elena, él subió lo más decidido que pudo, le dio dos toquecitos en el hombro y cuando María se giró para ver quién era, Rubén contó: «Uno, dos y tres». Y la besó en los labios.

Fue un beso de lo más tierno e inocente. María no se lo esperaba y se ruborizó al ver cómo su amiga empezaba a dar botes de alegría y a aplaudir. Le daba vergüenza, aunque debía reconocer que Rubén le gustaba mucho.

Sin embargo, la inexperiencia jugaba en su contra, eran demasiado jovencitos y durante los dos años siguientes solo tontearon: a veces estaban juntos, otras se dejaban… Pero, nada más iniciar bachiller, María comenzó a mirar a Rubén de una manera distinta; se acordó de aquel inocente beso y de cuanto le gustaba Rubén por aquel entonces y lo que parecía una historia del pasado volvió a resurgir. Ya un poquito más centrada y madura, María empezó a sentir de nuevo ese cosquilleo en el estómago al ver a Rubén. Quería acercarse a él de nuevo y, para ello, recurrió a su amigo Alfonso, un compañero del colegio que era también muy amigo de Rubén. A Rubén, María no se le había ido de la cabeza durante ese tiempo y, cuando supo que ella seguía sintiendo algo por él, no se lo pensó dos veces. Desde aquel momento, ambos comenzaron a recorrer caminos paralelos: iban a la misma clase, tenían las mismas asignaturas y querían estudiar la misma carrera: periodismo. Fue entonces cuando se hicieron inseparables, no concebían estar el uno sin el otro.

Cada uno tenía su grupo de amigos y sus aficiones, pero disfrutaban charlando horas y horas, yendo al cine o dando paseos por el centro de Madrid. Les encantaba ir a los Jardines de Sabatini a dar una vuelta, eran su punto intermedio ya que María vivía en Rivas y Rubén en San Fernando. Cuando empezaron la universidad, sus caminos se separaron, pero solo unos metros. Cada uno tenía una clase y unas optativas: a Rubén le gustaba más el periodismo deportivo y a María el mundo de la moda, pero eso no supuso una barrera.

Se conocían a la perfección y, aunque eran una pareja, ellos siempre tuvieron claro que, ante todo, eran los mejores amigos. Se podían contar absolutamente todo, estaban creciendo juntos y madurando juntos.

Rubén encontró un trabajo al poco tiempo de empezar la carrera, compaginaba empleos esporádicos con su puesto de socorrista en verano. Así podía ser más independiente y salir más It is commonly regarded as the closest anyone can get to a real environment whilst playing online. con María. Sus gustos no eran similares, a Rubén le encantaba ir al Bernabéu a ver al Real Madrid y a María le gustaba mucho ir al teatro y al cine. Pero se complementaban bien y su plan perfecto era salir a cenar, buscar sitios nuevos e ir al teatro. Con el tiempo habían recorrido tantos restaurantes, bares y teatros, que sus amigos empezaron a decirles: «¿qué hay de nuevo en la guía Metro?». Metro era el apodo de Rubén.

Cuando terminaron la carrera decidieron que ya era hora de viajar. Su primer destino fue Londres aunque la experiencia no resultó muy buena, pues cogieron los billetes para unos días después de los atentados en la capital inglesa. Habían decidido ir a Londres para buscar trabajo y quedarse una temporada, pero la angustia de sus padres y el ambiente tan tenso que vivía la ciudad en aquellos momentos hicieron que se replantearan sus planes y que se tomaran el viaje como unos turistas más. Después visitaron: París; Roma, ciudad que había enamorado a María y a la que escapaban siempre que podían; Punta Cana; Nueva York y miles de rincones en  distintos lugares de España. Se lo pasaban tan bien juntos y cada viaje era tan especial que María guardaba todos los billetes de avión, entradas de cine, conciertos… en una cajita que tenía en casa.

Alguna vez que otra discutían, como ocurrió en su viaje París en febrero de 2005. Tuvieron una riña y, para que María se desenfadase, Rubén decidió hacerle una broma: le compró un llavero de la Torre Eiffel de un euro a posta porque sabía que ella odiaba los souvenirs. Fue con carita de pena, se lo dio, y al verlo María se echó a reír. Desde entonces en cada lugar que visitan comprar un souvenir muy cutre y lo guardan como recuerdo.

En poco tiempo, aunque después de luchar mucho, su situación laboral se estabilizó y decidieron comprarse un piso entre los dos. Fue entonces cuando Rubén comenzó a plantearse que quería dar un paso más antes de compartir casa con su chica. Ella siempre le había hablado de que le apetecía casarse y él también deseaba formalizar su relación. Rubén tenía muy claro cuando le pediría a María matrimonio: curiosamente cuando aún estaban en Bachiller sus amigos siempre le gastaban la típica broma: «Bueno, ¿y para cuándo la boda con María?». Él se lo tomaba a risa, pero después de tanta bromita y para callar a sus amigos, cogió el móvil y dijo: «A ver, ¿en qué año el 14 de abril cae en sábado?». La fecha resultó ser el 14 de abril de 2012. Sin embargo, cuando recordó aquella broma con sus amigos la situación no le permitía dar el paso y decidió organizar un nuevo plan.

Cuando llegó el 14 de abril de 2012, Rubén propuso a María ir a dar una vuelta a los Jardines de Sabatini, como hacían siempre que llegaba el buen tiempo. Ya tenían coche y aparcaron en el Templo de Debod, para ir andando hasta el Palacio Real. Rubén no paraba de mirar al cielo, unas nubes negras los acechaban con la típica tormenta primaveral. Cuando llegaron a los jardines se sentaron en un banco y al instante comenzó a llover. Abrieron el paraguas. Todas las personas que por allí paseaban salieron corriendo y ellos decidieron aguantar el chaparrón sentados en el banquito.

Aquel día cumplían su duodécimo aniversario y, antes de que María se diese cuenta, Rubén sacó una cajita y le propuso: «María, ¿quieres casarte conmigo?».

María se emocionó mucho por el anillo tan bonito que había elegido su chico y nada más verlo respondió: «Sí, claro que quiero». Ambos se besaron y al instante paró de llover, el cielo se despejó en unos minutos y la lluvia y los rayos de sol hicieron que apareciera un arcoíris. Ninguno de los dos podía pedir más aquel día.

Y colorín colorado, este cuento aún no ha acabado.

María y Rubén se darán el «sí, quiero» el próximo 22 de junio de 2013, ella es la novia enamorada que hay detrás del blog de Mujer Hoy ‘Hasta que la boda nos separe’ y solo podemos desearles que su día sea el comienzo de un nuevo capítulo en su cuento, una experiencia positiva y feliz, que les mantenga juntos por muchos años.

Gracias chicos por confiar en nosotros para escribir vuestro cuento. Sed muy felices y comed muchas perdices :DD.

(Texto: Bárbara Cervigón/Ilustración: Isabel Muñoz)

No Comments

Sorry, the comment form is closed at this time.