El vestido de novia de una princesa llamada Diana

El vestido de novia de una princesa llamada Diana

Eran las cinco de la mañana del 29 de julio de 1981. Diana se despertó. Se encontraba cansada y algo mareada. Había pasado una mala noche con muchos nervios y angustia. Después de muchos preparativos, de muchas recepciones y de tratar muchos detalles por fin iba a casarse con el que ella pensaba era el hombre de su vida, Carlos. Ese día se convertiría no solo en su esposa sino en la futura reina de Inglaterra.

Hacía unas semanas que se había mudado a Clarence House, la residencia de la Reina Isabel, su futura suegra. Era una tradición de la realeza británica y ella aceptó sin poner objeciones.

Sabía que aquel día millones de ojos le estarían observando. Cada uno de sus movimientos sería plasmado para la eternidad pero Diana tenía claro que ese era el paso que quería dar. Como cualquier novia se levantó de la cama y comenzó a prepararse.

Sonrió. Su vestido de novia estaba allí, esperándola para ser lucido ante la multitud. Era un vestido que las manos de los diseñadores Elizabeth y David Emmanuel habían creado exclusivamente para ella.

Diana se consideraba una persona sencilla. Su familia era noble pero ella vivió de una manera muy modesta. Sin embargo, sabía que debía elegir un vestido llamativo para aquella ocasión tan importante. Tenía que llevar un traje digno de cualquier futura reina.

Antes de ir a ducharse, acarició con ternura una parte de la falda. El tafetán de seda tenía un tacto suave y elegante, perfecto para una boda real. Dejó de ensimismarse y corrió a la ducha. Todavía tenía muchas cosas que preparar antes de la ceremonia.

Cuando salió del baño, sus maquilladores y peluqueros ya estaban esperándola. Diana tenía una piel preciosa, blanca como la porcelana. El cabello rubio con una melena corta que decidió no recogerse. Llevaría el pelo natural y liso.

Después de largas horas de preparación por fin llegó el momento de ponerse el vestido. Se subió a una pequeña tarima y entre varias personas le ayudaron a enfundarse en el magnífico traje. Fue una tarea complicada pero una vez que estaba dentro del vestido, metió los brazos por las inmensas mangas farol y le abrocharon los botones para que se ajustara a su figura.

Se miró al espejo y los ojos comenzaron a brillar. Su reflejo era el vivo retrato de cualquier princesa de cuento. Aquel traje tenía un estilo y corte muy romántico. No era de color blanco sino marfil pero lo había elegido porque quedaba perfecto con su color de piel y sus ojos azules.

No podía parar de tocar la falda abullonada mientras seguía con los dedos las líneas de los detalles de encaje antiguo y de broderí cortado a mano. Sin duda, Elizabeth y David habían hecho una obra de arte.

Buscó en el fondo del espejo y encontró la parte más impactante de su vestido: la cola. “A ver cómo voy a caminar”, se dijo. Diana había elegido una espectacular cola de más de siete metros y medio de largo que recorrería el largo pasillo de la catedral de San Pablo de Londres.  

Solo quedaba el último detalle. Con mucho cuidado, le ayudaron a colocar el magnífico y delicado velo que estaba decorado con más de 10.000 perlas diminutas. Su padre, John, puso la guinda del pastel. Con sumo cuidado coronó a su hija con la tiara de la familia Spencer. Una antigua diadema de tulipanes y flores de oro y brillantes adornada con diamantes. Diana miró a su padre emocionada y pensó: “Ya estoy lista”.

Hemos querido recrear una parte de la que fue “la boda del siglo XX” entre la desaparecida Lady Di y Carlos de Inglaterra. La imaginación ha jugado un importante papel en este relato pero la información sobre su vestido y ciertos detalles son reales. Decidimos contar este cuento por toda la magia que entrañó este espectacular traje de novia que dejó con la boca abierta al mundo entero aunque desgraciadamente esta pareja no tuvo un final feliz. Esperamos que os haya gustado 🙂

(Texto: Bárbara Cervigón/Ilustración: Enrique u. Schiaffino)

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