Un regalo de Navidad inesperado

Un regalo de Navidad inesperado

Era diciembre de 2008. La Navidad había llegado. Como todos los domingos por la tarde, Silvia estaba en casa leyendo pero no podía concentrarse. Se encontraba  agobiada. No le gustaba nada la Navidad. Su madre era adicta a esas fechas y no paraba de perseguirla para que le ayudara a poner los adornos, preparar chocolates calientes y cantar villancicos.

Silvia necesitaba aislarse y una de las cosas que le relajaba era ir a comprar libros. Cogió su abrigo y con el mismo chándal que llevaba para estar en casa salió a la calle. Cogió el metro en dirección a Sol. Tenía ganas de ir a Fnac en busca de alguna nueva novela. Cuando salió del metro no se lo podía creer. “¿En qué estaría yo pensando?”, se preguntó al ver la calle Preciados a rebosar de personas enloquecidas comprando  regalos. No podía haber elegido un peor destino para estar sola, pero se aguantó y entró en Fnac.

Dentro del establecimiento, una marea de personas no paraba de empujarla y de tropezarse con ella. Intentó subir las escaleras mecánicas pero, hasta para eso, había una inmensa cola. Consiguió llegar hasta el segundo piso. Al ver que todos los rincones de la tienda estaban repletos de gente decidió marcharse. “Es que solo se me ocurre a mi venir al centro en plenas Navidades, soy idiota”, se lamentaba.

Con las manos vacías y sin saber a dónde ir salió de nuevo a la calle. Se dirigió a la Plaza de Callao. No sabía qué hacer, pero tenía claro que no quería volver a casa. Le daba igual dónde ir, solo quería sentarse y no hacer nada. Siguió caminando por inercia y cuando se quiso dar cuenta se encontraba frente a una cafetería de Gran Vía. Entró y se puso a la cola. Ya había estado allí una vez con una amiga y le gustaba mucho porque la segunda planta tenía unos silloncitos donde podía sentarte. Echó un vistazo a la carta. No había nada que le gustara. Acababa de caer en el porqué de que nunca hubiera vuelto. “Para que habré entrado, si no me gusta ni el café ni el té”, dijo en voz alta. El chico que esperaba delante de ella se giró y la miró sin comprender mientras sonreía.  Ella se puso colorada y cerró la boca.

Solo quedaba que el desconocido de delante pidiera su bebida y ella todavía no sabía que iba a tomar. “Póngame, un cappuccino con vainilla y sirope de chocolate, por favor”, pidió el chico. “Ah, pues eso suena bien, póngame a mi otro igual”, dijo Silvia repentinamente. La dependienta y el desconocido se quedaron mirándola con cara de incredulidad. Ella se sonrojó de nuevo.

Con su café en la mano se dirigió a la segunda planta. Silvia reparó en que el chico de la cola también subía. “Va a creer que soy una loca y que no hago más que perseguirle”, pensó. De todos modos, subió las escaleras. Cuando ambos llegaron, solo quedaba una mesa libre frente a la ventana.

–          Puedes sentarte tú, yo me bajo – le dijo él cediéndole el sitio.

–          No, no. Quédate tú que has llegado antes. Aunque bueno hay dos sillas, podemos compartir la mesa si quieres – propuso.

Él la miró, sonrió y ambos se sentaron. A través de la ventana veían a la gente ir de un lado para otro cargado de bolsas. El chico rompió el hielo.

–          Bueno, yo soy Pedro –se presentó tímidamente

–          Encantada. Yo me llamo Silvia – contestó alucinando y sin parar de pensar que iba con el chándal de estar por casa y casi sin peinar.

Se pusieron a hablar animadamente. Se contaron cosas de su vida, trabajo e, incluso, familia. Parecía que se conocieran de hacía años.

Silvia miró el reloj. Llevaban cuatro horas hablando sin parar.

-Madre mía, es tardísimo. Tengo que volver a casa – dijo mientras cogía su bolso y se levantaba.

– Ah, bueno. Sí, sí. Vete ya que es muy tarde.

– Bueno, encantada de conocerte Pedro – sonrió mientras le daba dos besos.

– Igualmente – respondió – a lo mejor te parece raro pero…me darías tu número de teléfono. Me gustaría volver a verte.

Silvia se quedó paralizada. Tenía que reconocer que Pedro le había gustado mucho, no solo físicamente sino también como persona. Pero no sabía qué hacer. Después de unos segundos, Silvia le contestó.

–          Sí, claro. ¿Tienes para apuntar?

Después de ese día, Silvia y Pedro volvieron a quedar. Y cada mes que pasaba lo hacían con más frecuencia. A los casi tres años se casaron y actualmente Silvia está embarazada de tres meses. Ahora,  Silvia reconoce que le gusta más la Navidad porque ese 2003 Papá Noel le hizo el mejor regalo de su vida: el amor de Pedro.

Gracias Silvia por contarnos tu historia. ¡¡Estamos seguros de que vais a ser super felices con vuestro bebé!! ^^.

Si tu también quieres contarnos cómo conociste al amor de tu vida escríbenos a blog@cuentosdeboda.com. Estaremos encantados de relatar un minicuento para ti 🙂

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